La navidad de algunas personas con discapacidad

Byron Pernilla
Byron Pernilla

Nadie es tan pobre que no pueda dar algo

¿Cuantas veces nos hemos sentido solos? Sí, no importa el que tuviésemos personas o familiares al lado. Es un sentimiento tan humano como la alegría o el llanto. Hay quienes pueden externar sus sentimientos y hay quienes se guardan las emociones o simplemente les son indiferentes. Dicen que todos hablamos según como nos vaya en la feria, y esa sería una explicación.

Las personas con discapacidad tienen más posibilidades de sentirse solas, ello no importa el estrato social, y quien diga que no, o miente o es la más afortunada del mundo. Pero algunos aprendemos a soportar esa sensación, queramos o no. He de reconocer como me ha sorprendido la falta de solidaridad de una gran mayoría de PCD, bueno, en eso también somos iguales a las personas sin discapacidad. Y es que veo tantos luchando por derechos, tantos buscando protagonismo, tantos en cargos importantes por años, tantos jactándose de activistas humanistas, pero cuando se les dice que apoyen a nuestros semejantes más desposeídos suelen decir que no tienen nada, pero esos desafortunados son su bandera. No generalizo, no son todos, creo.

Los títulos, fotos con gente importante, ser invitado a eventos políticos, reconocimientos públicos Etc. Son importantes para las PCD, para el ego y la sociedad en general. Pero no lo es todo. Cuando se da teniendo poco, se alimenta el alma y se encuentra verdaderamente la igualdad que tanto se exige.

La Navidad que me cambió

dormitorios del hospicio cabañas

Viví en un hospicio a inicio de los 90`s, cuando llegaba la navidad me entristecía mucho, veía como en la tele las familias celebraban, y como en las películas siempre alguien salvaba la navidad. Yo no me explicaba el por que quienes vivíamos ahí, 16 personas, no teníamos familia con quien estar.

Mi padre siempre me visitó, pero a los demás escasamente recibían visitas. Mi primera navidad en aquel lugar pensé sería lúgubre, pero llegando diciembre la directora mandó hacer un árbol navideño y un nacimiento. A mi me pareció tonto, ¿que alegría podíamos tener? Pero una vez puesto aquellos adornos, se acercó a mi doña Rafaela, señora de cómo 80 años que había sido abandonada.  –¿Nos rezaría el Rosario?- Me preguntó la viejecilla, aseverando: -Yo ya no miro las letras y los demás no saben leer. Yo le dije que lo haría, creo que pocos le hubiesen dicho que no en la forma que me lo pidió, no soy católico.

Durante aquel mes recibimos como 3 visitas de grupos pequeños de personas que llevaban regalos e incluso uno de los grupos cantó villancicos navideños. Durante la visita, las personas cuerdas que no recibían visita aprovechaban a conversar con los visitantes, algunos de ellos dispuestos a escuchar y otros a los cuales claramente se veían incómodos. Yo tengo el defecto de ser observador. Cuando las visitas se iban, recuerdo como unos a otros se enseñaban sus presentes, y aquella sensación de que era un día diferente a los demás.

A pesar de todo, recuerdo como en la puerta del hospicio vi caer el sol del 24 de diciembre, esto en la 19 calle y Avenida Elena (muy cerca de una zona comercial). El frío de la tarde ponía de gallina la piel, lo amarillento del astro rey daba cierta melancolía y las personas corriendo con bolsas de regalos por la calle referían que esa noche la pasarían bien. Lloré, no sabía por que si yo siempre había tratado de ser feliz entonces, si había intentado abstraerme e ignorar la soledad que sentía, pero el sentimiento era incontenible para mi, sentía estrujado mi pecho, como ahogarme. tenía 19 años.

De pronto recordé que adentro había ancianos que gustaban de hablar, que a Celeste había que darle de comer en la boca, que esa noche me habían encargado ayudar, que era útil para algo. Me limpié las lágrimas, moví mi silla con dificultad (no puedo mover los dedos) y me entré, me gustaba más la sensación de dar y no la de sentir que tenían que darme.

Después de noche buena, yo empecé a recitarles el Rosario, unos chinchines de otra anciana amenizaban el rezo. Cada tarde todos veían la hora impacientes, a las 6:00 empezábamos. Siete señores en silla de ruedas, tres chicos con problemas mentales y cinco ancianos, todos abandonados, eran mi comparsa. Yo empecé a olvidar durante aquellos momentos cuan solo me sentía, la devoción de aquellas personas me impactó, y sus agradecimientos cada que terminaba el rezo me llenaban el corazón de una sensación que nunca había experimentado: el hecho de dar a quien no tenía nada. Y es que yo me sentía tan abandonado, pero aun en mi pobreza material, mi espíritu era capaz de dar alegría a unos más desafortunados.

*Un artículo para Asodispro® de Byron Perrnilla

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6 comentarios

  1. Todos de alguna forma tenemos discapacidades, aunque las mas evidentes son la físicas, pero hay otras, falta de humanidad, falta de cariño, Etc. pero la peor es la falta de fe en Dios, el Padre que nos envió a su Hijo Unigénito para que todo aquel que crea en Él, no se pierda, más tenga vida eterna. Le felicito, porque es la gran diferencia en Ud. persona de fe y los demás que no creen en el Salvador que dio su vida por nosotros, hay quienes que creemos que no tenemos nada que compartir, pero error todos podemos compartir bienes materiales, la fe en Dios, el gozo de saber que somos hijos de un Padre amoroso y misericordioso. Si bien es cierto todos tenemos razones para entristecernos, también tenemos para estar llenos de gozo y vivir cada minuto al máximo. Que el Niño Jesús les bendiga siempre y prospere todos sus proyectos. AMEN.

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  2. Es verdad, muchas veces creemos que solo nosotros estamos solos y no vemos mas que nuestro alrededor, eso no nos deja ver que somos mas afortunados que otras personas. Muy buen artículo Byron

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  3. ¡Me ha encantado el artículo, Byron! Sabes por lo que escribo que coincidimos en estas reflexiones, que opino de manera muy similar. Todo ésto es tan injusto…

    Muchas gracias por compartir estas palabras.
    ¡Un abrazo muy fuerte!

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