De mi padre y el Príncipe

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Era la mañana del 21 de abril, me desperté como de costumbre poco antes de la 4:00 AM, el calor veraniego aún se sentía, incomodo, insolente a la madrugada, a veces vanidosa por fresca. Me estiré a la Homero Simpson, revisé redacciones, gráficos y definí la estrategia del día, claro, pues no había nada en agenda. El sol se asoma por mi pequeña ventana, como aquella incomoda visita que anuncia su llegada y no puedes hacer absolutamente nada. Viene mi asistente, me levanta, a medio desayuno me recuerda que es el cumpleaños de mi padre, le llamo por cuernofono.

Con el viejo recordamos nuestra época de vendedores de mercado, los días en que el alba nos sorprendía clavando y serruchando madera. El desayuno que nos llevaban, aquel humeante pedazo de carne asada, ha…mejor si llevaba gordito achicharrado, acompañado por un chirmol (salsa típica de tomate con chile y cilantro), frijoles, un huevo estrellado y pan de francés, mucho pan. Que belleza tomar ese primer sorbo de café humeante al ver como todo ese vaivén de personas honradas intercambiaban el fruto de su esfuerzo. Ese desayuno hoy, sería mi viaje directo al paraíso…siendo positivo.

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Ya en mi remedo de oficina, empecé a teclear. En la radio la locutora decía que un príncipe había muerto. Inmediatamente abrí una ventana paralela en mi ordenador, la revista Rolling Stone no lo publicaba. Seguía redactando y dentro de mí me convencía que era un rumor, aquel artista, decían, estaba enfermo y seguro algún troll sin oficio fregaba. De pronto CNN lo publica, paré de escribir. Comencé a revisar los errores del escrito, unas gotas recorrieron mi faz, no era el sudor de aquella calurosa mañana, no era tan solo por una persona, fue por toda una época.

kissRecordé cuando compré su álbum cúspide, ese cuyo color cuaresmeño todos criticaban por afeminado. Aquel mote que en la cuadra los jóvenes de entonces ponían al más delgado y destrabado (a la moda), ese por el que más de alguno aún me recuerda en la colonia. Como olvidar la tarde en que en el cine Lux hicimos cola, por muchos metros, con mi noviecita de entonces, tan solo para ver como Prince le decía a su chica que él tan solo la quería ver feliz en la lluvia púrpura.

Ya se dice que fue el Mozart de nuestra generación. Cuánto podría escribir de lo que sé de él, de su loco personaje andrógeno, sus amoríos incluso con la reina, de los mil y un artistas que cantan sus versos; de su indiferente personalidad, esa propia de genios. Cuántas veces quise ver otra vez Raspberry Beret y no pude, él no quiso, era de esos pocos a los que internet les hace los mandados. Solo muerto muchos pudieron ver su inigualable obra, e intentar entender un tanto de moda, tan baja hoy día, como los pantalones de muchos.

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La reina y el principe

Su última esposa la conoció en una ONG, era alguien dadivoso, fue testigo de Jehová. Alguien me dijo: ¡Qué tonto, no descansaba y era millonario! No sé si en realidad era adicto al trabajo, de esos muchos que truene, llueve o relampaguee, cumplimos nuestro propósito, lo que otros llaman trabajo. Pero ha de ser fascinante morirse haciendo lo que te gusta, no por dinero.

Juzgar su vida o aquello por lo que, incluso, se hizo una ley que, como sugerencia advierte sobre los discos con letras sexuales en EEUU, creo, está de más. Quienes gustan de ello han de ser tan santos que quizá no mueran. Yo recordé lo lindo de mi juventud, de esa licencia que el Creador me dio para disfrutar mis gustos.

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Alguna tarde ochentera fui a una disco de la zona 6, muy cerca de la iglesia La Parroquia. Era el aniversario y estaba el DJ de Music Power. Llegué con un saco morado, camiseta blanca, pantalón lila y zapatos blancos. Saqué a bailar a la chica más linda, alguna vez me dijo que no, esa vez no pudo despreciarme. Fuimos quienes inauguramos el baile, recordarán que costaba pues a nadie le gustaba ser el primero frente a todos.

Iban a ser las 7:00 PM y ella no me decía que paráramos. Yo me sentía el rey del mundo pero ya no podía. Sonó Raspberry Beret y lo di todo. Al terminar pusieron las románticas, y aunque intenté bailar impregnado en su aroma, me sofocaba, eran muchas horas (como 3) sin parar, sentía asfixiarme. –Gracias, tengo que salir.- Le susurré al oído, era un sueño pero yo sentía morir. Salí de aquel lugar, las gradas me llevaron a otro planeta, lloviznaba. Me recosté en un local a la par de la disco, en la grada de la persiana. Aun siento esa brisa, y el humo saliendo de mi cuerpo. La respiración desaceleraba, esa sensación de bienestar nunca la volví a sentir. De pronto, salió ella. Me hizo levantar mi cabeza, se acomodó al sentarse y puso mi pelo sobre sus piernas. –Tranquilo mi Prince, fue maravilloso.- Al rato sonó una rola romántica de moda, ya no recuerdo cual, nos pusimos a bailar bajo la llovizna, los escasos clientes de un restaurante Los Pollos fueron nuestro sorprendido público fortuito.

Las pequeñas cosas

Lady bug 2Muchos comentan sobre disfrutar de las pequeñas cosas de la vida, pero quizá no saben que no solo el sol y las estrellas lo son. Otros satanizan las trivialidades, según ellos el mundo necesita gente obsesionada en cosas “importantes”, trascendentes, todo lo demás son ridiculeces. Pos no.

Aparte de los prodigios naturales de este mundo, lo maravilloso es disfrutar de una agradable compañía, trabajar en tu pasión, escuchar la música que te gusta o besar al ser que en ese momento te roba el aliento, simplemente saber vivir. Los dogmas y miedos pueden hacer que te niegues sensaciones extraordinarias, imborrables. Para ello no necesitas mucho dinero ni drogas.

Puedes luchar por una buena causa; pero las pequeñas cosas que Dios te permite disfrutar, son eso, pequeñas. Cantar esos versos que solo tú comprendes, hacer eso que solo tú disfrutas, amar lo que nadie entiende. Con Prince comparto su obsesión por el trabajo y perfección. No comparto su aislamiento y su divinidad. ¿Pero quién soy yo para juzgar? Lo único que sé es que tuve un padre que me enseñó a trabajar, a disfrutar de ello, a tener mis propias decisiones, y me dio tanta libertad, que jamás me avergonzaré de ser quien fui.

Un artículo de Byron Pernilla

Basado en hechos reales.

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