Sin pensar

 

gg77Para quienes el trabajo es una pasión, este resulta en la esencia de su vivir. En medio de esa vida creativa y de constante renovación, se suele pasar por alto esas pequeñeces que decoran nuestro existir, no precisamente el sol y las estrellas como suele decirse.

La semana pasada fue muy tormentosa, tuve problemas de trabajo, salud y sentimentales. En medio de la organización de un evento empecé a padecer de una infección en la garganta, las salidas eran constantes, llevaba un caso muy difícil de un niño abandonado con discapacidad cognitiva, y un abogado me hacía trizas un trámite de la organización, y de pronto, un hacker echó por tierra mis plataformas en la carretera de la información.

Esto afectó incluso a dos miembros de la organización que apoyan en las redes sociales. Con las manos atadas en lo virtual y mientras otros reparaban el desastre, yo continué con las tareas del mundo real, pero vino el golpe fatal. Me informan de la enfermedad de un amigo a quien se le había logrado una vida productiva, luego de una triste etapa al quedar parapléjico por herida de bala.

La misión

Los acontecimientos se desencadenaron con una velocidad ingratamente vertiginosa, el amigo estaba muy grave y le habían desahuciado, no lo querían recibir en los hospitales públicos. Recuerdo una dramática llamada como a las 11:00 de la noche, uno de mis mejores amigos (un voluntario de un corazón de oro) me decía que le llevaban de vuelta a casa pues el hospital no lo quería atender, que sufría dolores. Hablamos de ideas y probables soluciones, esto mientras él escuchaba. Al otro día todos debíamos trabajar. Esa noche no dormí, pensaba y pensaba en el sufrimiento de él, pedía tiempo como algún día lo pedí con mi hijo, anecdóticamente los mismos que ahora acompañaban a mi amigo, en aquel entonces acompañaron a mi bebé.

2013

Al otro día utilizamos todas las armas legales para que mi amigo fuera atendido dignamente en un hospital, aquí quiero expresar mi agradecimiento a la Licda. Ana Ruth Mérida Vásquez, Defensora de los Derechos de las Personas con Discapacidad, quien personalmente apoyó la causa, y no solo por eso, sino por esas conversaciones que sostuvimos (yo totalmente afónico) en las que incluso me brindo consuelo. La última llamada nocturna del caso fue aquel día, a media noche mi mejor amigo había sido sacado del hospital pues no era familiar, el tono entonces era de tristeza pero de una misión cumplida.

El 19 de octubre a medio día recibía la triste llamada sobre la partida del Güicho. Fue un momento en el que te preguntas si vale la pena luchar tanto para ver morir con sufrimiento a  las personas, y es que ya son varios los que nos hacen correr a los hospitales. La muerte en sí no me da miedo, sé que allá habrá un lugar donde nos podremos parar y correr, un lugar en donde no nos traten diferente, pero a mí me duele ver sufrir, aun no lo entiendo. Y he vuelto a llorar como niño.

 El fruto

En los funerales de Luis pude ver, contradictoriamente, la dicha más grande que me dio su partida. Los líderes de mi iglesia derramaron lágrimas, la funeraria estaba llena y todos tenían anécdotas de como Luis Menjivar les había tocado el corazón, su alegría y trabajo en ONG de la iglesia; cuando hubo la ocasión de brindar palabras frente al féretro, los discursos fueron hermosos hasta las lágrimas de todos los presentes. Ese Luis distaba mucho de aquel muchacho callado con muchos problemas que conocimos en el primer Paseo Navideño de 2011. Entonces volví a entender que si vale la pena.

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Luis Menjivar se sobrepuso a mil y una dificultades, fué un guerrero, aprovechó la oportunidad de trabajar, acepto a Jesús y fue una fuente de inspiración.

El show debe continuar

Al siguiente día debí empezar a nebulizarme para poder trabajar en lo privado, la ida al cementerio había hecho que la infección se extendiera a los pulmones. El sábado tenía que estar desde la mañana hasta las 7:00 de la noche en el parque de Villa Nueva entregando los kit de “Corriendo X  La Chicha”, entrevisté PCD que apoyaran a la organización, pero la fiebre y la dificultad para respirar me sacaron a las 4 de la tarde. El domingo me nebulicé a las 3:45 AM y a las 4:45 salí junto a mis fieles y benditos colaboradores rumbo al evento. La madrugada era mágica, un aire helado que no lastimaba, casi acariciaba bajo el manto de un cielo azul; jadeando, así como tomándome un café que me daba Julia y observando como el sol salía e iluminaba a aquellos afanosos trabajadores que armaban el escenario, no tuve más que agradecer a Dios el privilegio que me da de vivir, la oportunidad de servir por lo menos de algo, la gracia de haber conocido amigos que no merezco y la bendición del amor de Jesús.

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Los planes que no comprendemos

El lunes no tenía voz, no tenía acceso a internet, mi PC colapsó el técnico se la llevó, llevándose dentro todas mis contraseñas. De pronto no podía trabajar, por primera vez en mucho tiempo tenía que descansar a fuerza. Como a las 7:00 recibí una llamada de una dama muy importante en este país, se congratulaba por lo realizado y me daba grandes noticias. Pensé en tantos clavos que tengo, el chanse, proyectos, Etc. terminé riendome de ciertas cosas y determiné que no valía la pena afligirme aquel día.

Decidí disfrutar el día, la fiebre estaba controlada y el bajo estrés ayudaba a mis pulmones. Saque mis CD, mi música (creo que o hubiera sido periodista o disc-jockey) salí a la sombra de un palo de míspero que tengo en el patio y desde ahí tararee mis rolas favoritas, claro, era un tanto consentido. No tenía tanta plata, pero me convencieron de hacer un caldo de gallina, que me comí mientras veía “Cuando Harry encontró a Sally” con la otrora bellísima y una de mis musas Meg Ryan haciendo pareja con el rey del sarcasmo Billy Cristal. Después me recostaron y dormí, logré bloquear mis locas ideas. Era lunes, pero todo se daba para que tuviera un domingo como hace mucho no vivía. Acá una canción que puse a volumen, como si hubiese sido hecha para ese momento.

No soy bueno, creo que soy una extraña conjunción planetaria, contradictorio pero con convicción en lo que creo. Por algún motivo Dios me desarmó, y me llevó a lugares que jamás hubiese pisado sin discapacidad, que lo que he logrado no es por “ser la gran cosa”, NO, creo que se debe a que se tuvo misericordia de mi alma y me envió gente maravillosa para que no tuviese excusa para ayudar y disfrutar de las maravillas de sentirse vivo.

 

A la memoria de Luis Menjivar

Un artículo de Byron Pernilla

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