La sonrisa de un desconocido

Dar
Todos podemos dar

Era niño, el mundo era un tanto sencillo, mi madre obsesionada por mi limpieza y mi padre un adicto al trabajo, ejemplo que hizo que yo nunca tuviese hambre a su lado. Éramos vendedores  de madera y cajas en el mercado de “La Terminal” en la ciudad de Guatemala.

Cuando fabricábamos cajas, siempre quedaban muchos restos de madera. En esa época muchos aun cocinaban solo con madera, la gente de escasos recursos que vivía en “La Línea” zona 4 (hoy parte de Calzada Atanasio tzul) eran quienes nos compraban leña por un máximo de 25 centavos, que era un montón de restos de palos y tablas.

Previo al 24 de diciembre, mi papá compraba bolsas de muñecas de plástico, eran grandes y cada bolsa traía como 10 de ellas, de igual forma adquiría carritos. El día de “Noche Buena”, ya a las 6 de la mañana había una gran fila de chicos en nuestro local. Aun me impacta recordar aquellos niños descalzos, algunos solo en calzoncillos haciendo cola, con sus 5 centavos en mano para comprar leña y que le dieran su juguete. Claro, recuerdo mis regalos y esos olores de la cena navideña, pero ese era el fin de una celebración que comenzaba con la emoción de dar.

Hoy día se combate con muchas ideas al respecto de la época, están los que han descubierto el agua azucarada e informan que el 25 no nació Jesús, por lo que ellos son buenos y legalistas todo el año (¿?). Se encuentran los indiferentes, ni fu ni fa. Y están los queridos Grinch, los cuales odian el mercantilismo y a todo aquel que se emociona con las luces y los abrazos.

El primero de enero de 1,990 desperté en una cama de un hospital, me habían operado el 23 de diciembre para estabilizarme el cuello pues aun no podía sentarme tras el accidente de abril. Recuerdo las lágrimas de mis amigos y la fortaleza de mi padre. Sentí la impotencia de no poder moverme, de no ser capaz de ni dar tan siquiera un abrazo. Tantas navidades tan lindas y ahora me debía adaptar a no celebrar, no porque fuera contra mis creencias, por indiferencia o por simple odio a la felicidad ajena, sino por realmente no poder…aun.

Con una cuata conversaba de lo sentimental que nos sentimos al ver caer la tarde en este mes, el viento y el frio que estremece. No sé, creo que es la añoranza de nuestra niñez, esos momentos del 24 en los que vimos las lágrimas de nuestros viejos, las cuales no entendíamos y hoy comprendemos, o ese día en el que todos parecían más buenos. La increíble sensación de recibir un regalo de tu primera novia, o lo extraño de abrazar a tus primeros suegros.

Actualmente dejamos aquellos días en que ignorábamos las broncas de crecer, de las responsabilidades, de la delincuencia, la corrupción o política. Nos adaptamos a ver asesinatos y masacres en vivo, a pensar mal de una foto o de una palabra; a ser jueces de los errores de los demás, y se nos olvida casi lo bueno que nuestros padres nos enseñaron.

La época es la natividad de un Maestro quien nos llamó a ser como él, y dijo que bueno solo Dios. Por lo anterior, si eres de los que se deprime, o por alguna circunstancia sientes que no te quieren o aprecian como se debiera, no te rindas a la obscuridad de despreciar la felicidad de otros, busca a quien ayudar, no necesariamente debe ser con dinero, puedes compartir un café o una buena compañía, siempre habrá quien lo necesite; ayudando veras que te ayudaras.

Hoy día, de aquellos chicos descalzos que hacían cola por un juguete, aun conozco uno que hace un evento para gente necesitada para esta época, en él se sembró la semilla de dar, germinó y hoy es un pequeño árbol, como hay otros, que dejaran caer sus semillas en más de algún terreno fértil, que obtendrá el regalo más grande que pocos puede recibir, la sonrisa de un desconocido.

Un artículo de Byron Pernilla

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