El valor de verte al espejo

mirar-espejoHay horas bajas en nuestro existir, cuando muchas cosas de la vida se desmoronan cual hormiguero en medio de una tempestad de mayo. Lo que tanto nos costó, se ve ensombrecido por, quizá, fatales errores que no nos cansamos de lamentar, mientras a nuestro lado quedan esos verdaderos amigos, que fungen como un paraguas, que se quitará cuando el sol ilumine los campos rebosantes del roció, no sé si de lluvia o de sentimiento.

Seguir creyendo

Alguna vez llegué a pensar que no habían buenas personas, que todas actuaban según la circunstancia que les beneficiara, que ni políticos, religiosos o autoridades, actuaban bien por convicción, que todo era relativo a la situación. Claro, estaba amargado, fueron unos meses en que, por circunstancias de la vida, terminé una relación conyugal de 11 años. Había perdido muchas cosas, mi negocio, mi trabajo y finalmente mi familia.

Antes de la relación tenía muchas amistades, pero al iniciarla la distancia y mi discapacidad me impidieron tener sociabilidad, como acostumbraba. Durante muchos años me entregué a mi proyecto de familia, negocio y trabajo, y de pronto, estaba solo. Recuerdo que una medio hermana llevó un sacerdote a casa, sirvió un poco de desahogo, pero yo necesitaba trabajo o una casa hogar pues no podía servirme mi comida, mientras los vecinos ya se estaban casando de ayudarme a levantar y acostar; él religioso dijo que regresaría con noticias, aún lo estoy esperando.

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Ahí estaba yo desconsolado en mi peor desgracia económica, consiente que muchos, sabiendo y pudiendo por lo menos buscarme un lugar, simplemente se hacían los locos. Alguien llegó a casa y me dijo que “Mucha gente vive bien de pedir dinero en la calle…” Aquella insinuación me hizo tener pesadillas. Sucede que hay amigos o familiares, que te consuelan por compromiso y por ello la insensibilidad, y quizá terminan apagando aquella difusa luz de ilusión por días mejores.

En la noche me acostaban y dejaban cerrada la casa a oscuras pues yo no podía apagar la luz. Con una linterna me ponía a leer libros, el más recurrente era la biblia, quizá era lo último a lo que me aferraba de esperanza. Después de escribir o llamar a varios medios (aquí agradezco a Rina Montalvo de Prensa Libre o Nelson Leal de Emisoras Unidas) encontré amigos, un trabajo y descubrí a Dios.

Sobradas razones hubiese tenido de perderme, después de lograrlo todo tras mi accidente, llegar a solo tener arena entre los dedos. Pero yo sabía que había gente buena allá afuera, personas que no te consolarán por compromiso, sino, aquellas que te hacen sentir mejor persona. La presencia de Dios es la que te hace resistir todas aquellas malas intenciones de quienes, a saber por qué, se divierten destruyéndote; mientras defender tus principios te da el valor de verte al espejo.

Sigo siendo iluso

A finales del año pasado, un señor tocó a mi puerta. No había nadie en casa, gritó algo que pareció mi nombre, entonces decidí salir a ver. Era un señor como de 60 años, me dijo que era de una iglesia a media cuadra de mi casa, que su padre había fallecido en un accidente de tránsito hacía unas horas y que necesitaba dinero para llegar a la morgue y luego para el entierro. Lo dijo entre lágrimas…¡Y orale! Ahí vino a mi aquel momento pasado, y fui a ver mi billetera. Tenía Q. 120.00 era lo que necesitaba para terminar la semana, ya estaba en aprietos de fin de mes, pero agarré el billete de a Q. 100.00 y es que sé de ese sufrimiento.

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A media noche desperté… a pesar de todo, nunca había visto a ese señor, por un instante pensé que quizá me habían visto la cara, y no de listo, pero me dormí con una sonrisa, pensé: – No, nadie jugaría con eso -. Al otro día se fue a a la iglesia para averiguar y efectivamente se confirmaba mi cara de tonto, además debía ver de donde sacaba plata para reponer el timo.

La semana pasada una señora llamó a la puerta, esta vez sí había más personas. “Está el señor que ayuda” preguntaron, le fueron a abrir, contándonos que tenía un niño con parálisis cerebral y que era madre soltera. Le facilité unos formularios sociales y le dije que a su vuelta vería que hacer. Nunca regresó.

Ya he tomado medidas para evitar recibir gente cuando estoy solo. Lo rescatable es que no se tiene mal concepto de mi persona, aunque al añadirle lo baboso no resulta tan bueno.

Nos debe servir

A pesar de todo, ahora sé que allá afuera hay mucha gente que sufre, muchos que no solo necesitan apoyo moral o de frases vacías, sino, de alguien que haga algo tangible, como muchos ya lo hacen. Muchas personas abusarán de nuestra forma de ser, se regocijaran en la penumbra con el botín de nuestra humillación intelectual, no sé si a ellos les llegue a servir de algo en sus vidas, pero si debe servirnos trascendentalmente a nosotros.

Son momentos de prueba extrema de nuestros principios, de soltar lo emprendedor o genio que seamos, quizá dejar ir esa esencia que nos agrada y que nos hace distintos a los demás; son esas voces que nos gritan que no ayudemos, que es mejor no hacer nada, puesto que lo único que vale es seguir construyendo un nombre banal, al fin y al cabo todos lo hacen.

Lo trascendental es seguir siendo la misma persona, esa que nos agrada al ver el espejo, quizá pelón o peludo, pero originalmente buen ser humano, ese que agrada a quienes llamamos amigos.

Hay barcas que deben pasar grandes tormentas, los daños que traen al puerto sirven para hacer mejores naves, al punto, que son de bendición pues llegan a salvar vidas.

Dedicado mi amiga L.E. V. y Fam.

Un artículo de Byron Pernilla

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