Ladrones

f79Era un domingo 29 de noviembre de 2009, a 4 meses de la partida de mi hijo, yo intentaba salir de la depresión que como mi sombra me perseguía día y noche. Salí a desayunar fuera de casa, previo a ir a mi congregación. Disfruté la mañana, mi silla eléctrica me daba la oportunidad de sentirme autónomo. Después de mi reunión un amigo me acompañó al supermercado, compre algo de comida para la semana. Llegué a casa a eso de las 8:00 PM; quienes me acostaron (vecinos) dejaron amarrada la puerta con un lazo, la idea era que sería más fácil de entrar para ayudarme que si se dejaba con llave.

Aquel lunes era como tantos, como siempre uno de mis mejores amigos me llegaba a levantar a eso de las 7:00 A. M. Había despertado muy relajado, al rato tocó mi cuate. En lo que me desamarraba (para evitar golpes por mis espasmos de piernas, las sujetaban) yo le conversaba ya no me acuerdo que, pero recuerdo verlo muy serio. Me preguntó con un vejo de desconcierto: – Y que tal la compu…- -Pues no ha dado problema.- Respondí. Y el sentenció – Es que no está.-

imagenes-para-mi-mejor-amigo-de-facebook_resultMe colocó en mi escritorio. Él debía ir a trabajar en un banco, tenía que irse, lo hizo no sin antes dar la voz de alarma a mis vecinos y amigos. Cuando se fue, y quedé solo, fueron los minutos más extraños que he tenido en mi vida. Extraños pues 4 meses antes habían sido los más tristes de mi vida, en ese mismo lugar me habían informado de la partida de mi niño. Pero esta vez era deferente, no tenía lágrimas, parecía un chiste cruel, ver mi casa vacía, el lazo de la puerta cortado con quizá cuchillos, mi escritorio otrora con poco espacio, ahora era una pila de papeles regados. Fueron más de Q 30.000.00 lo que se llevaron.

Luego estuvieron las lágrimas de mi fiel asistente, vecinos y la llegada de mi mejor amigo, al cual siguieron grandes amigos más. Después de haber ido al MP, y regresar ya noche, en la bajada de la Avenida Hincapié, las luces al pie del volcán de Pacaya parecían tristes. El taxista puso la radio y el locutor le daba la bienvenida a la época navideña haciendo sonar “Navidad sin ti”…parece cuento pero es cierto, uno de mis amigo pidió apagar el radio.

Mis pensamientos volaban. ¿Qué más podría salir mal? Muy dentro de mí hubiese querido que me hubieran matado. Llegué a saber que muchos rumoreaban que yo debí haber sido un tipo muy malo, que “algo” había hecho para que Dios me castigara de ese modo. Y es que un culpable debía haber. Ya en casa, me esperaban otros amigos, me entregaron una ayuda colectada ese día, fue Lubia quien me la entregó. Oramos, y yo si me destrocé entonces.

Aquella noche me costó dormir. Hoy lo sé, entonces no lo entendí. Cuatro amigos se quedaron a dormir junto a mi cama, en el piso. Lo jocoso fue que uno de ellos nunca soltó un bate de béisbol durante toda la noche. Oyendo sus ronquidos, comprendí lo bendecida que era mi vida, yo un don nadie solo y con discapacidad, tener la fortuna de haber encontrado amigos.

Llegué a la conclusión que no había nada peor para mí en esta vida como la muerte de mi hijo, que nada podría hacerme sentir culpable de lo que no he hecho. Que era un comienzo otra vez, que era de cero. Que aquel domingo lindo que había tenido, no era raro, que iba a tener muchos más si no me dejaba vencer por esos ladrones, que podrían llevarse todo pero no mi felicidad.

De los ladrones casi no hablé nunca, no les deseé nada, es que entonces me centraba más en mi mala suerte. Solo recuerdo que eran cacos gachos (corrientes), intentaron sacar la refrigeradora, pero no pudieron, al verla esa noche quise jamón del que había comprado, o sorpresa no estaba. Entonces si me dio el ataque. ¡Todo menos mi jamón tipo americano!…jajaja.

Hace ya casi 8 años que se entraron a mi casa y barrieron con todas mis cosas de valor material, el trabajo de más de 15 años con discapacidad. El robo fue el detonador para salir de la oscuridad, lo contrario de lo que pudo pensarse. Descubrí que soy muy rico, que puedo estar solo, pero sentirme arropado por amigos. Que Dios no me ha castigado, es que sabe que necesito, como y cuando. Y es que, siempre que llovió, paró.

Un artículo de Byron Pernilla

Dedicada al gran ser humano Carlos Mancilla

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