Los atrevidos

No sé qué le llamó la atención, esa forma de mirarlo o esa manera suya de atreverse a disfrutar de ese privilegio que muchos ignoran: la vida. ¿Y ella qué le vio? Bueno eso decían todos, pero seguro dinero no era.

Todo estaba en contra, la edad, la discapacidad, el estrato social y hasta la religión. Pero sus ideas eran las mismas, nada más condicionadas por el medioambiente en el que vivían. Y decidieron amarse tras las cortinas, ahí donde no hay selfies, donde las  opiniones de otros no cuentan, donde solo hay dos “me gusta”.

La soledad de un parque entre semana, el rincón de un restaurante o el silencio de una madrugada fueron cómplices de aquella aventura al alcance solo de los osados. Tan disparejo como el gusto de uno por Miley Cyrus y el otro por AC/DC, pero tan parejo cómo caminar por la sexta cualquier día cerca de la media noche (no caminar, sino rodar en uno de los casos). Fueron dos intensos años que valieron para una vida.

En medio del bombardeo social que les empujaba por otro rumbo, o de quienes sabiéndolo buscaban robarse lo que ya evidentemente tenía dueños, el sentimiento cedió a la envidia, al soborno de lo material,  a las mentiras y a los poderosos señores de lo socialmente correcto. Y pues bueno, tarde o temprano todo lo bueno llega a su fin.

Alguien cedió, el otro quiso hacerle sentir lo mismo y poco a poco se empezaron a hacer más daño, quizá alguien buscaba que el otro se disculpara y admitiera que le amaba, pero en eso si se parecían, en lo obstinado por no decir “te amo”. ¿Quién falló? No lo sabrán ni ellos, la verdad ya no importa.

Y se robaron a los protagonistas de esta historia, unos dijeron “Te lo dije” y otros se divirtieron pues ahora ya no solo ellos eran los perdedores. Pero no se robaron los momentos, no se robaron el éxtasis de vivir al filo del anonimato, mucho menos se quedaron con eso que llaman cariño. Solo se llevaron lo que a ellos les sobró.

Hoy ya con fronteras de todo tipo de por medio, aun de vez en cuando se cuentan sus cosas, sus vidas, sus amores.

Y yo, sí yo…nomas fui testigo.

De Byron Pernilla

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