¿Qué cambiarías este año?

Cuantas veces hubiésemos querido tener un DeLorean y como Marty McFly, regresar al pasado y evitar esas decisiones que negativamente afectaron nuestras vidas. Seguir leyendo

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Tener discapacidad y sin plata

Ser un estereotipo aterra a muchos, pero no es eso precisamente lo que debiese dar miedo, ha de ser horrible aceptar los prejuicios que edifican un estereotipo. Seguir leyendo

Cuando no sales de casa en todo un año

De chavo, bueno, de más joven pues jaja, era todo un socialité bananero. Los fines de semana luego de mi trabajo en el negocio de mi padre y de los estudios, mi gran pasión era por salir a bailar, entonces existían la Discotecas Rodantes, que eran unos tipos con un montón de bocinas y luces psicodélicas, equipo con el que hacían “toques” (fiestas de pago) esto en salones de la ciudad y luego, en varios departamentos del país.
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La sonrisa de un desconocido

Dar

Todos podemos dar

Era niño, el mundo era un tanto sencillo, mi madre obsesionada por mi limpieza y mi padre un adicto al trabajo, ejemplo que hizo que yo nunca tuviese hambre a su lado. Éramos vendedores  de madera y cajas en el mercado de “La Terminal” en la ciudad de Guatemala.

Cuando fabricábamos cajas, siempre quedaban muchos restos de madera. En esa época muchos aun cocinaban solo con madera, la gente de escasos recursos que vivía en “La Línea” zona 4 (hoy parte de Calzada Atanasio tzul) eran quienes nos compraban leña por un máximo de 25 centavos, que era un montón de restos de palos y tablas.

Previo al 24 de diciembre, mi papá compraba bolsas de muñecas de plástico, eran grandes y cada bolsa traía como 10 de ellas, de igual forma adquiría carritos. El día de “Noche Buena”, ya a las 6 de la mañana había una gran fila de chicos en nuestro local. Aun me impacta recordar aquellos niños descalzos, algunos solo en calzoncillos haciendo cola, con sus 5 centavos en mano para comprar leña y que le dieran su juguete. Claro, recuerdo mis regalos y esos olores de la cena navideña, pero ese era el fin de una celebración que comenzaba con la emoción de dar.

Hoy día se combate con muchas ideas al respecto de la época, están los que han descubierto el agua azucarada e informan que el 25 no nació Jesús, por lo que ellos son buenos y legalistas todo el año (¿?). Se encuentran los indiferentes, ni fu ni fa. Y están los queridos Grinch, los cuales odian el mercantilismo y a todo aquel que se emociona con las luces y los abrazos.

El primero de enero de 1,990 desperté en una cama de un hospital, me habían operado el 23 de diciembre para estabilizarme el cuello pues aun no podía sentarme tras el accidente de abril. Recuerdo las lágrimas de mis amigos y la fortaleza de mi padre. Sentí la impotencia de no poder moverme, de no ser capaz de ni dar tan siquiera un abrazo. Tantas navidades tan lindas y ahora me debía adaptar a no celebrar, no porque fuera contra mis creencias, por indiferencia o por simple odio a la felicidad ajena, sino por realmente no poder…aun.

Con una cuata conversaba de lo sentimental que nos sentimos al ver caer la tarde en este mes, el viento y el frio que estremece. No sé, creo que es la añoranza de nuestra niñez, esos momentos del 24 en los que vimos las lágrimas de nuestros viejos, las cuales no entendíamos y hoy comprendemos, o ese día en el que todos parecían más buenos. La increíble sensación de recibir un regalo de tu primera novia, o lo extraño de abrazar a tus primeros suegros.

Actualmente dejamos aquellos días en que ignorábamos las broncas de crecer, de las responsabilidades, de la delincuencia, la corrupción o política. Nos adaptamos a ver asesinatos y masacres en vivo, a pensar mal de una foto o de una palabra; a ser jueces de los errores de los demás, y se nos olvida casi lo bueno que nuestros padres nos enseñaron.

La época es la natividad de un Maestro quien nos llamó a ser como él, y dijo que bueno solo Dios. Por lo anterior, si eres de los que se deprime, o por alguna circunstancia sientes que no te quieren o aprecian como se debiera, no te rindas a la obscuridad de despreciar la felicidad de otros, busca a quien ayudar, no necesariamente debe ser con dinero, puedes compartir un café o una buena compañía, siempre habrá quien lo necesite; ayudando veras que te ayudaras.

Hoy día, de aquellos chicos descalzos que hacían cola por un juguete, aun conozco uno que hace un evento para gente necesitada para esta época, en él se sembró la semilla de dar, germinó y hoy es un pequeño árbol, como hay otros, que dejaran caer sus semillas en más de algún terreno fértil, que obtendrá el regalo más grande que pocos puede recibir, la sonrisa de un desconocido.

Un artículo de Byron Pernilla

Mirka Tairy Sofía, una felicidad que debió ser constante…

Solidaridad

Solidaridad

(Génesis del Paseo Navideño Asodispro)

El año pasado conocí a Mirka Tairy Sofía, una hermosa niña de 10 años. Aunque la nena había nacido con las aptitudes convencionales, ataques de epilepsia le habían provocado parálisis cerebral (PC), esto pues durante una de las convulsiones, como a los 6 años, ella aspiró su saliva y dejó por algunos momentos de respirar.

El asunto es que su joven madre había luchado sola para el sostenimiento de ambas. En Guatemala existen instituciones que recaudan dinero para efectuar fisioterapia a los niños con problemas de locomoción, pero muchas veces las madres deben llevar a los niños a los centros de rehabilitación y cuando una madre es soltera eso dificulta el traslado del niño afectado, puesto que la progenitora debe trabajar. Por tanto Sofí pasó casi toda su niñez en su casa, con personas que su madre pagaba para que le atendieran. Alguien podría decir que también se debió pagar para que la nena fuera llevada a la fisioterapia, pero quien dijera eso no tendría las dimensiones que en este país representa un salario mínimo, a parte de lo que implica el gasto en el cuidado de una PCD. Seguir leyendo

La navidad de algunas personas con discapacidad

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¿Cuantas veces nos hemos sentido solos? Sí, no importa el que tuviésemos personas o familiares al lado. Es un sentimiento tan humano como la alegría o el llanto. Hay quienes pueden externar sus sentimientos, así como hay quienes se guardan las emociones o simplemente les son indiferentes. Todos actuamos según como nos vaya en la feria de la vida.

Las personas con discapacidad tienen más posibilidades de sentirse solas, ello no importa el estrato social, y quien diga que no, o miente o es la más afortunada del mundo. Pero algunos aprendemos a soportar esa sensación, queramos o no.

Nadie es tan pobre que no pueda dar algo

Viví en un hospicio a inicio de los 90`s, en aquel entonces cuando llegaba la navidad me entristecía mucho, veía como en la tele las familias celebraban, y como en las películas siempre alguien salvaba la navidad. Yo no me explicaba el por qué quienes vivíamos ahí, 16 personas, no teníamos familia con quien estar.

Mi padre siempre me visitó, pero los demás escasamente recibían visitas. Mi primera navidad en aquel lugar pensé sería lúgubre. Entonces llegando diciembre la directora mandó hacer un árbol navideño y un nacimiento. A mi me pareció tonto. ¿Qué alegría podíamos tener?

Una vez puesto aquellos adornos, se acercó a mi doña Rafaela, señora de cómo 80 años que había sido abandonada.  –¿Nos rezaría el Rosario?- Me preguntó la viejecilla, aseverando: -Yo ya no miro las letras y los demás no saben leer-. Yo le dije que lo haría, creo que pocas personas le hubiesen dicho que no en la forma que me lo pidió, además no era católico practicante.

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Doña Rafaela, a mi derecha, fotografía de 1994 más o menos.

Durante aquel mes recibimos como 3 visitas de grupos pequeños de personas que llevaban regalos e incluso uno de los grupos cantó villancicos navideños. Durante la visita, los pacientes cuerdos que no recibían visita aprovechaban a conversar con los visitantes, algunos de ellos dispuestos a escuchar y otros a los cuales claramente se les veía incómodos. Yo tengo el defecto de ser observador. Cuando las visitas se iban, recuerdo como unos a otros de los pacientes se enseñaban sus presentes, y aquella sensación de que era un día diferente a los demás.

A pesar de todo, recuerdo como en la puerta del hospicio vi caer el sol del 24 de diciembre, esto en la 19 calle y Avenida Elena (muy cerca de una zona comercial). El frío de la tarde ponía de gallina la piel, lo amarillento del astro rey daba cierta melancolía y las personas corriendo con bolsas de regalos por la calle presagiaban que esa noche la pasarían bien. Lloré, no sabía por qué si yo siempre había tratado de ser feliz hasta entonces, había intentado abstraerme e ignorar la soledad que sentía, pero el sentimiento era incontenible para mi, sentía estrujado mi pecho, como ahogarme. tenía 19 años y la depresión navideña me torturaba.

Byron-Pernilla

Así lucia en mi primer año en Hospice International

De pronto recordé que adentro había ancianos que gustaban de hablar, que a Celeste había que darle de comer en la boca, que esa noche me habían encargado ayudar, que era útil para algo. Me limpié las lágrimas, moví mi silla con dificultad (nunca pude mover los dedos) y me entré a la casa, me gustaba más la sensación de dar y no la de sentir que tenían que darme.

Después de noche buena, yo empecé a recitarles el Rosario, unos chinchines de otra anciana amenizaban el rezo. Cada tarde todos veían la hora impacientes, a las 6:00 empezábamos. Siete señores en silla de ruedas, tres chicos con problemas mentales y cinco ancianos, todos abandonados, eran mi comparsa. Yo empecé a olvidar durante aquellos momentos cuan solo me sentía, la devoción de aquellas personas me impactó, y sus agradecimientos cada que terminaba el rezo me llenaban el corazón de una sensación que nunca había experimentado: el hecho de dar a quien no tenía nada. Y es que yo me sentía tan abandonado, pero aun en mi pobreza material, mi espíritu era capaz de dar alegría a unos más desafortunados.

Por ello hay muchos que pueden ser una buena compañía, no ver la ayuda como una caridad que debe agradecerse, es un acto de bondad con nosotros mismos, es intentar encontrar la igualdad sin andarla exigiendo…como la mayoría.

Artículo publicado originalmente en 2013

De Byron Perrnilla

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